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Las células de los pacientes con Covid prolongado no generan energía

Hay personas que viven en un estado de agotamiento permanente. No es el cansancio que se siente después de una jornada intensa o una mala noche de sueño.

Las células de los pacientes con Covid prolongado no generan energía

Hay personas que viven en un estado de agotamiento permanente. No es el cansancio que se siente después de una jornada intensa o una mala noche de sueño.

 

   Es un agotamiento que no se alivia con el reposo, que convierte un simple paseo por el vecindario en una odisea, y que empeora de manera inexplicable después de cualquier esfuerzo, por mínimo que sea. Durante décadas, millones de pacientes con Encefalomielitis Miálgica, más conocida como Síndrome de Fatiga Crónica, y más recientemente aquellos que padecen Covid prolongado, han tenido que escuchar que su enfermedad "está en su cabeza" o que "solo necesitan hacer más ejercicio". Pero la ciencia está empezando a demostrar que el problema es mucho más concreto y mucho más profundo: está en el interior mismo de sus células, en unas diminutas estructuras que funcionan como centrales eléctricas. Y lo que ocurre allí no es que estén rotas, sino que no pueden acelerar el ritmo cuando el cuerpo lo necesita.

   Para entenderlo hay que hablar primero de las mitocondrias. Estas organelas, presentes en casi todas las células del cuerpo humano, son las encargadas de transformar los nutrientes que ingerimos en una molécula llamada ATP, que funciona como la moneda energética universal. En condiciones normales, las mitocondrias trabajan a un ritmo constante para mantener las funciones básicas del organismo, y cuando el cuerpo demanda más energía, por ejemplo al hacer ejercicio o al enfrentar una infección, aumentan su producción de manera eficiente. Ese proceso de aceleración y desaceleración es algo que ocurre miles de veces al día sin que siquiera lo notemos. Sin embargo, en los pacientes con EM/SFC y COVID prolongado, algo falla en ese mecanismo.

   Los estudios más recientes revelaron que las mitocondrias de estos pacientes no están "muertas" ni irreparablemente dañadas. Pueden generar energía para las funciones cotidianas, pero son incapaces de escalar su producción cuando la demanda aumenta. Es como si un automóvil pudiera circular a velocidad de paseo por un camino llano pero, al enfrentar una cuesta empinada, el motor se ahogara y no pudiera entregar la potencia necesaria. El resultado es esa fatiga devastadora que aparece después de cualquier esfuerzo, y que los especialistas denominan malestar post-esfuerzo.

   ¿Qué es lo que bloquea esa capacidad de aceleración? Un hallazgo clave ha sido la identificación de una proteína llamada WASF3. Esta molécula, que normalmente cumple funciones relacionadas con el movimiento celular, parece tener un efecto perjudicial en el interior de la mitocondria. Cuando los niveles de WASF3 se elevan, la proteína se adhiere a una de las piezas de la cadena respiratoria, específicamente al complejo III, e impide que este se ensamble con otro complejo para formar una estructura más eficiente conocida como supercomplejo. Sin esa asociación, la cadena respiratoria pierde eficiencia y la producción de ATP se vuelve menos efectiva. La evidencia es contundente: cuando los investigadores reducen artificialmente los niveles de WASF3 en células de pacientes, la capacidad respiratoria mejora notablemente.

   Pero, ¿por qué aumenta la WASF3 en primer lugar? La respuesta parece estar en otra estructura celular: el retículo endoplasmático, que es una especie de fábrica de proteínas. Cuando este retículo sufre estrés, ya sea por inflamación, por infecciones virales o por toxinas, envía señales que disparan la producción de WASF3. En biopsias musculares de pacientes con síndrome de fatiga crónica, los científicos han encontrado precisamente eso: signos de estrés en el retículo endoplasmático y niveles elevados de WASF3. Es como si el estrés celular crónico activara un interruptor que, a su vez, desorganiza la maquinaria energética. Se trata de un círculo vicioso: la célula está estresada, produce más WASF3, las mitocondrias funcionan peor, la energía escasea y la célula se estresa aún más.

   Más allá de esta proteína, la disfunción energética en estas enfermedades muestra otras aristas. Uno de los problemas más consistentes es la dificultad para procesar la glucosa. Normalmente, el azúcar que circula en la sangre se convierte en piruvato y luego una enzima llamada piruvato deshidrogenasa lo introduce en el ciclo de Krebs, que es la vía principal de producción de energía dentro de la mitocondria. En los pacientes con EM/SFC, esa enzima parece funcionar deficientemente. Las células se ven forzadas a utilizar rutas alternativas y menos eficientes, lo que explica por qué en los análisis de sangre aparecen niveles elevados de lactato, un subproducto del metabolismo anaeróbico que suele aparecer cuando el oxígeno escasea o la mitocondria no puede trabajar a pleno rendimiento. En otras palabras, el cuerpo está intentando generar energía por una vía de emergencia, pero esa vía es mucho menos productiva y genera una sensación de agotamiento que no se alivia.

   Los experimentos con células musculares aportaron más pistas. Cuando los investigadores toman suero sanguíneo de pacientes con síndrome de fatiga crónica grave y lo aplican a células musculares sanas en el laboratorio, estas últimas comienzan a respirar de manera anómala y a liberar lactato en exceso. Esto sugiere que hay algo en la sangre de estos pacientes, quizás una sustancia inflamatoria o algún metabolito anómalo, que es capaz de inducir la disfunción energética incluso en células que, de otro modo, serían normales. Es una pista fundamental porque apunta a que el problema no es solo local o genético, sino sistémico: hay factores circulantes que alteran el comportamiento energético de los tejidos.

   El malestar post-esfuerzo, que es el síntoma más característico y debilitante de estas enfermedades, ha sido estudiado en detalle en pacientes con Covid prolongado a través de biopsias musculares realizadas antes y después de una prueba de ejercicio. Los resultados han sido elocuentes: tras el esfuerzo, las mitocondrias de los pacientes muestran una reducción en su capacidad respiratoria y una alteración en los metabolitos del ciclo de Krebs, lo que indica que el ejercicio no solo no mejora su funcionamiento, sino que lo empeora. Además, las fibras musculares de estos pacientes presentan cambios estructurales que las hacen más propensas a la fatiga rápida y menos aptas para el esfuerzo sostenido. Es un hallazgo que contradice frontalmente la recomendación que tantos pacientes han recibido durante años de simplemente "hacer más ejercicio" para superar el cansancio.

   Todos estos descubrimientos comienzan a cambiar la forma en que la comunidad médica entiende estas enfermedades. Ya no se trata de un trastorno psiquiátrico o de una falta de voluntad. Es un problema bioenergético real, medible y reproducible en el laboratorio. La incapacidad de escalar la producción energética ante la demanda, la interferencia de la proteína WASF3 inducida por estrés celular, la dificultad para metabolizar la glucosa y los factores circulantes que perpetúan la disfunción son piezas de un rompecabezas que comienza a armarse.

   Desde una perspectiva terapéutica, el conocimiento de estos mecanismos abre puertas que antes estaban cerradas. Si el estrés del retículo endoplasmático es el desencadenante de la sobreproducción de WASF3, entonces fármacos que alivien ese estrés podrían ser útiles. De hecho, en experimentos de laboratorio, compuestos como el ácido tauroursodesoxicólico o el salubrinal han logrado reducir los niveles de WASF3 y mejorar la respiración mitocondrial en células de pacientes. También se está explorando la posibilidad de desarrollar inhibidores directos de WASF3 o de potenciar las vías metabólicas alternativas para compensar el déficit energético. Sin embargo, todo esto está en etapas tempranas. Los hallazgos, aunque prometedores, necesitan ser replicados en estudios más amplios y en diferentes poblaciones para confirmar su validez y para determinar cuáles son los tratamientos más seguros y efectivos.

   Por ahora, lo más importante es que la ciencia está ofreciendo una explicación biológica a un sufrimiento que durante demasiado tiempo fue ignorado o minimizado. Los pacientes con síndrome de fatiga crónica y Covid prolongado no están imaginando su cansancio. Sus células, literalmente, están luchando por mantener la energía. Y cada paso que se da hacia la comprensión de ese mecanismo es un paso hacia tratamientos que algún día puedan devolverles la capacidad de vivir sin el peso de un agotamiento infinito. La fatiga, en estos casos, no es un estado de ánimo ni una elección. Es una falla en la central eléctrica más íntima del cuerpo, y la ciencia está empezando a descifrar cómo repararla.

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