
"Felices Pascuas, la casa está en Orden" o ¿aprendimos a convivir con el desorden?
Hay momentos en la historia que no se comprenden mientras suceden. Se viven entre rumores, miedos y operaciones. Se juzgan desde la urgencia. Pero el tiempo —ese narrador implacable— termina poniendo cada cosa en su lugar.
Abril de 1987 encontró a la democracia argentina en construcción. Apenas tres años no alcanzaban para borrar el terror ni para disciplinar a quienes nunca aceptaron perder el poder. El levantamiento liderado por Aldo Rico no fue una anécdota: fue una amenaza concreta.
En ese contexto, Raúl Alfonsín hizo algo que hoy parece escaso: se hizo cargo. No eligió la épica vacía. Eligió sostener. Evitar que todo volviera a romperse. Preservar la democracia, incluso pagando un costo político.
Se lo acusó de ceder. Se lo llamó débil. Pero evitó un quiebre cuando el sistema aún no tenía defensas. Porque hay momentos donde avanzar no es posible… y la verdadera grandeza está en no retroceder.
Como escribió Rodolfo Walsh, “la historia es el lugar donde chocan verdades y versiones”. Y como advertía Jorge Luis Borges, “muchas veces no nos une el amor, sino el espanto”. Ese abril tuvo de ambos.
También dejó una frase que aún hoy nos interpela:
“Con la democracia se come, se cura y se educa”.
No fue una ingenuidad, fue un proyecto estadista de país, el mejor renacer después de la guerra de Malvinas.
Treinta y nueve años después, ya no hay tanques en la calle. Pero hay otra amenaza: el desgaste silencioso. La democracia no siempre se rompe: se erosiona, se banaliza, se vacía desde adentro.
“La casa está en orden” dejó de ser solo una frase. Es un recordatorio incómodo: el orden democrático nunca es definitivo. Depende, siempre, de la responsabilidad de quienes lo sostienen.
Recordar aquella Pascua no es nostalgia. Es entender que hubo un momento donde todo podía perderse… y no ocurrió.
Porque a veces, ganar significa simplemente eso:
no perderlo todo…!
por DANTE ROMANO
NG