Todas las vidas de Mariano: el joven que sobrevivió a Cromañón y después a la tragedia de Once

Hace 13 años, Mariano Valentino salvó a su cuñado y logró salir del incendio en el que murieron 194 personas. Ocho años después y mientras iba a una entrevista de trabajo, se salvó de morir en el choque del tren en Once. “Fue como estar en dos infiernos”, dijo a Infobae.

Llegaron sobre la hora pero no se quedaron en el fondo. Hicieron fuerza y se acomodaron, como pudieron, en el medio del boliche. Mariano, que acababa de terminar el secundario, subió a los hombros de su cuñado. Estaba contento: su cuñado era alto y corpulento y, si lo aguantaba, iba a ver el show de Callejeros desde un punto panorámico. Pero lo que vio desde ahí arriba, minutos después, fue otra cosa: algo en el techo que se estaba prendiendo fuego, los pedazos de plástico y media sombra que empezaban a caer sobre la gente, un humo espeso en el lugar del aire. Y la luz que se cortó. Y su cuñado que se derrumbó. Después, los gritos sin rostro.

Mariano Valentino tiene 30 años y una particularidad en su biografía. El 30 de diciembre 2004 sobrevivió al incendio del boliche República Cromañón. Ocho años después, sobrevivió al choque del tren en Once. Entre una y otra tragedia, hubo 245 personas muertas.

Ese 30 de diciembre el calor era inaguantable. Mariano se puso una remera oscura y bermudas y salió de esta misma casa, en Morón, en la que aún vive con sus padres. Buscó a su cuñado, que estaba con otros 4 amigos, y caminaron a la estación para tomar el tren Sarmiento hasta Plaza Miserere. Después, caminaron unos metros hasta el boliche.

Esta es la ropa que usó para ir al recital

“Yo estaba en los hombros de mi cuñado. No sé qué se me dio por mirar para arriba. Ahí vi que las llamas empezaban a correr por las telas del techo. De repente, se cortó la luz. Igual, lo que más recuerdo es el humo, no se cómo explicarte cómo te cerraba la garganta…hacé de cuenta que te están ahorcando“, dice Mariano a Infobae.

Fue un caos a ciegas. Mariano y su cuñado quisieron salir por una puerta que antes habían visto libre. La encontraron pero estaba bloqueada. Era una trampa contra la que algunos, asfixiándose y a tientas, fueron quedando aplastados. Mariano levantó la mirada y detectó de dónde venía la luz. Pero cuando trató de huir sintió la mano de su cuñado que le rozaba primero la espalda y luego el dorso de las piernas.

“Ya estaba en el piso, todos le pasaban por encima. La verdad, no sé cómo hice, porque él es enorme. Lo agarré como a una bolsa de papas y lo saqué. El quedó afuera pero el mismo remolino de gente me volvió a meter adentro”.

Mariano tocó una pared y se agachó. “Ahí pensé: ‘bueno, hasta acá llegué, no puedo más’. Estaba todo oscuro y sólo se escuchaban gritos, creí que no iba a poder salir. Pero no sé, se me vino la cara de mi vieja, de mi familia, y me paré. Llegué a un portón que estaba apenas abierto, así como una franja vertical. Me acuerdo que se veían las siluetas de las caras, mirando hacia arriba y abriendo la boca, boqueando como los peces”. Mariano salió.

Su entrada. La conserva dentro del último disco de Callejeros que compró.

En la vereda, entre los jóvenes que lloraban porque sus amigos, novios o hermanos habían quedado adentro, Mariano encontró a su cuñado. Quien habla ahora es Sinetta, su mamá, mientras ceba un mate dulce: “A mí me despertó el teléfono. Era mi yerno, no sabés cómo lloraba. Me decía: ‘Quedate tranquila que Mariano está bien’, y repetía: ‘Tu hijo me salvó la vida”. Sinetta prendió el televisor y entendió de qué hablaba. Su hijo volvió a casa al amanecer.

A la mañana siguiente, Mariano pidió que apagaran el televisor y le dijeran a los vecinos que esperaban en la puerta, que se fueran. Al día siguiente lo internaron. Escupía un líquido negro como la brea y sentía que algo ácido le cerraba la garganta y le impedía respirar.

Durante los meses que siguieron, fue a una psicóloga, a un psiquiatra e hizo terapia grupal con otros sobrevivientes. No tenía depresión, ataques de pánico ni ideaciones suicidas (al menos 17 sobrevivientes se suicidaron durante estos 13 años)“Pero escuchaba voces: llantos, gritos de auxilio y sirenas de ambulancias. Iba a la terapia de grupo pero no escuchaba a los demás, sólo escuchaba las voces en mi cabeza”. Los gritos sin rostro iban a ser, ocho años después, el hilo conductor a la siguiente tragedia.

(Martín Rosenzveig)

Mariano no se paralizó. Dice que él no es así, que nunca se desespera. Pero se pone tenso cuando habla del “después”: años tratando de conseguir trabajo, y nada. “¿Cómo yo, que sé hacer de todo, no iba a poder conseguir un trabajo? Si yo trabajé de albañil, de carpintero, de electricista, si arreglo celulares, si te agarro algo viejo y te lo convierto en nuevo, ¿cómo no iba a poder?”.

Fue en la búsqueda de empleo que el 22 de febrero de 2012, se levantó temprano, subió al tren Sarmiento y viajó desde Morón otra vez a la estación de Once. “Tenía una entrevista de trabajo en una empresa de limpieza. Le pedí a mi papá que me acompañara porque él se manejaba mejor en Capital. Quise subir al primer vagón para bajar primero y él no quiso, menos mal”.

Subieron al tercero. Mariano se quedó parado al lado de una puerta apoyado sobre los asientos. Como el vagón estaba repleto, su papá quedó del otro lado del pasillo. “Cuando estábamos llegando a Once me di cuenta que la velocidad no estaba disminuyendo. Después sentí el impacto y toda la gente se vino encima mío”. Estaban muy cerca de Lucas Menghini Rey, el joven al que tardaron 57 horas en encontrar y acabó convirtiéndose en símbolo de una tragedia atravesada por la corrupción.

Uno de los vagones del tren Sarmiento: el choque dejó 51 personas muertas (NA)

“Nuestro vagón se hizo un acordeón y las puertas no se abrían. Te digo que yo no me desespero nunca porque me acuerdo que le pedía a la gente que se tranquilizara. Busqué a mi viejo. Estaba tirado pero estaba vivo. Yo me había golpeado un poco la cabeza y el tobillo pero lo alcé y lo bajé. Él se había lastimado la espalda y la cadera y no podía caminar”. Unas horas después, cuando Mariano volvió a mirarse el pecho, estaba igual que cuando salió de Cromañón: morado por los golpes y atravesado por arañazos.

A él lo trasladaron a un hospital, a su papá a otro. Sinetta, su mamá, interrumpe: “Cuando me llamaron yo no lo podía creer. Este chico tiene más vidas que los gatos. Nos dijeron que estaban bien así que fuimos a buscarlos por los hospitales. Encontramos a mi marido pero a él no”.

Es que, cuando le dieron el alta, Mariano perdió noción de tiempo y espacio. Subió a un colectivo, le mostró las radiografías al chofer para que lo dejara subir sin pagar y se desvaneció en un asiento. Cuando el recorrido terminó y el conductor fue a despertarlo, había campo. Nunca supo dónde estaba pero sí que, sucio como estaba, fue a una remisería y se negaron a llevarlo.

Caminó por el borde de una ruta esperando encontrar un cartel verde que dijera “Morón”. “No se cuántos kilómetros caminé. Tenía unas ganas de llorar terribles pero no podía parar. Hasta que un hombre me prestó plata y me subió a un colectivo. Me puse tan contento que lo abracé”. Cuando llegó, pasadas las ocho de la noche, su madre estaba desesperada. El choque del tren había sido a las 8.33 de la mañana.

Los recuerdos, otra vez, son sonoros: las sierras cortando los chapas, los gritos. “Fue como haber estado en dos infiernos. Cromañón con oscuridad, fuego, humo y gente agarrándote de los tobillos. El otro con sangre, personas atrapadas, agonizando”, dice ahora, tratando de unir los cabos.

Con el tiempo, Mariano se fue alejando de quienes lo trataban de “yeta”. Y de quienes le decían, en supuesto chiste, que había hecho todo eso para cobrar subsidios.

“Lo que ahora siento son dos cosas bien distintas. Por un lado, me pone mal no poder conseguir trabajo. Siento que tengo que ocultar lo que me pasó porque deben pensar que quedé mal de la cabeza. Pero por otro -cierra, con pudor- me siento orgulloso de mi mismo. Por haber mantenido la calma, por haber podido ayudar a mi cuñado antes y a mi papá después y bueno, por mi capacidad de reponerme y salir adelante”.

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