Una cena de día en un silencio sepulcral: la intimidad de la selección después de la debacle con Croacia

Una cena de día y en silencio. La última imagen de la interminable jornada de la selección es una escena de película.

Son ya las 3.35 de la madrugada cuando el plantel se dispone a comer en la concentración de Bronnitsy, recién llegado de la sede de un partido que lo dejó al borde del abismo. El sonido aturde: “Parece un funeral”, reconoce un integrante de la delegación que no se despega ni un día de lo que allí ocurre.

Y lo que sucede tiene reminiscencias de otras derrotas históricas, de esas que quedan en los libros en celeste y blanco. No vuelan las trompadas ni una rebelión se planta delante de Sampaoli para exigirle que se corra ahora mismo. Qué va. Aunque los zócalos de los canales de televisión argentinos incendien las pantallas y levanten la temperatura del invierno, el verano que empieza a ser desde ahora mismo en Rusia refleja una pintura diferente a la declamada. No porque reine la camaradería ni el buen humor, claro: es que a esta hora no hay fuerzas ni para pelearse.

Lo que se siente es una continuidad de lo que se vivió en el post partido. Primero, ningún jugador cumplió con la obligación de dar una entrevista a la transmisión oficial de TV en el campo de juego. La multa de la FIFA no podía importarle a nadie, entregados como estaban después de recibir esa cachetada. El vestuario, en la mirada de un integrante de la delegación de vasto recorrido en la AFA, remitía a otros tantos de eliminaciones en mundiales. Así de fuerte entró el golpe en la mandíbula de un grupo que estaba debilitado bastante antes de saltar a la cancha. Miradas vidriosas y silencio, lejos de esas peleas que a la distancia imaginaba Diego Simeone en ese mensaje de audio que se viralizó enseguida. Lo que el Cholo suponía es parte constitutiva del fútbol: hay veces que la solución a los problemas aparece recién cuando hay un estallido. Pero no es aquí ni es ahora que estos jugadores, dominados por una generación signada por escenarios así, están dispuestos a una pelea.

Una hora y quince minutos después del final caminan por la pasarela hacia la salida del estadio, donde un bus los llevará al aeropuerto. “Hay que tragar el veneno que habrá que tragar”, dirá Javier Mascherano , de los pocos en detenerse ante los periodistas. Tiene una mirada de resignación cubriendo toda su cara. La frase es tan suya como aquella que expresó cuando la aventura hacia el Mundial era un proyecto que nacía en Ezeiza, a mediados de mayo: ” Soy un soldado que va directo a morir”, había dicho con esa capacidad para vincular el fútbol con la guerra. Enseguida, Kun Agüero , reemplazado por Higuaín durante el partido, será más picante todavía: ” Que Sampaoli diga lo que quiera”, responde cuando le comentan que el entrenador había dicho que el “el proyecto” había fracasado; la mención del entrenador era sobre el partido y no respecto del ciclo en general. Unos minutos después el equívoco se zanjaba con una charla entre ambos, ya camino a Bronnitsy.

El detalle, presentado desde algunos sectores como parte de un complot, quedará como una anécdota menor de una noche y madrugada largamente amargas. Hasta se señaló aJorge Burruchaga , manager de la selección, como entrenador exprés el próximo martes. Nada más descabellado. El dolor manda, un dolor al que el plantel intentará ponerle una curita esta tarde, cuando todos los jugadores estén pendientes de Nigeria-Islandia. Pase lo que pase, nada cambiará los actores del próximo capítulo: serán los mismos, con Sampaoli incluido. Hasta entonces, se sucederán días arduos: ahora no hay ni tinta para escribir el guión.

La Nacion

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