Robó autos, camiones, asaltó financieras, estuvo 22 años preso y quiere abolir las cárceles

Rodolfo Rodríguez pasó por todas las cárceles federales. Desde hace cuatro años está en libertad y jura que la vida tras las rejas lo “desintegró”. Perfil de un ex convicto

“A mí lo único que me hizo la cárcel fue profundizar un proceso autodestructivo. Si algo conseguí mientras estuve preso no fue por la cárcel sino en contra de ella”.

Rodolfo “Cacho” Rodríguez es un hombre alto, de brazos largos y gestos cortos, medidos pero enérgicos. Tiene que hacer un esfuerzo de memoria para enumerar las cárceles federales por las que pasó, ésas sin contar las bonaerenses, por las que hizo “turismo” para declarar en no pocas causas.

Pasó 22 años detrás de las rejas, con breves intervalos de libertad. Salió, por última vez, en 2014. Lleva cuatro años en la calle, tiene un título de Sociólogo obtenido en el Centro Universitario de Devoto, y ahora pinta la casa de un amigo como changa.

“Las cárceles federales las conocí casi todas. La Unidad 7 del Chaco, la 9 de Neuquén, la 2 de Devoto, la 1 de Caseros… -Cacho respira-, por supuesto, los complejos penitenciarios de Marcos Paz y Ezeiza. También la 6 de Rawson y la Colonia Penitenciaria de Viedma”.

(Agustín Marcarian)

(Agustín Marcarian)

Rodríguez enumera mientras revuelve con el tenedor el plato de ternerita con arroz que –quizás evocando algún guiso tumbero – pidió en el bodegón del centro porteño donde transcurre la charla con Infobae.

Hijo de una familia de clase media acomodada –dos de sus hermanos son profesionales -, Cacho Rodríguez nació en el barrio de San Telmo y desde muy chico le tomó el gusto a la noche.

Fue la típica oveja negraPara sostener sus salidas, empezó a robar y ahí empezaron las caídas. “Como menor de edad estuve preso unos meses en el 73, otros en el 74, pero salí rápido. Ya como mayor también en el 80 y en el 82, poco tiempo las dos veces. Sumando todo eso yo acumularía ahí dos añitos en caídas menores, por decir así”, cuenta.

Las condenas grandes vinieron después, a partir de 1986, cuando cayó con un cómplice luego de robar autos y lanchas y venderlos como “mellizos” durante tres años.

“Desde el 86 estuve preso casi sin parar hasta el 2.000, con apenas 11 meses de recreo, digamos, en el medio de esos 14 años”, dice. Los encierros no terminaron ahí: volvió a estar detrás de las rejas entre 2002 y 2005, luego entre 2006 y 2007; por último desde 2010 hasta 2014.

Quizá le faltó un ancla a esa vida que parece una pesadilla. Cacho repasa su vida con una aritmética que no parece producirle vértigo.

“Lo mío siempre fueron los delitos contra la propiedad, el robo con armas. Y bueno, después ya se empezó a combinar con tenencia de armas de guerra y se fueron acumulando cosas”, explica. En total, la cuenta le da 22 años preso, más de un tercio de su vida.

Según la época, se “especializó” en diferentes tipos de delito. “Durante la dictadura y el menemismo me dediqué a robar cuevas en el microcentro, financieras truchas. En el alfonsinismo me volqué a los autos…, con el Gordo Quique, que era una luz usando la espada (una suerte de ganzúa) para abrirlos y hacerlos arrancar”, dice.

Cuenta que sólo una vez lo capturaron in fraganti, que siempre cayó por otras cosas: por inteligencia policial, por batidas, por prestarle un arma a un amigo “que acababa de salir de la tumba” y ni siquiera tenía un fierro para salir a “trabajar”.

“Casi nunca me agarraron laburando, casi nunca. Salvo en el 91, que tuvimos un encontronazo fuerte y ahí sí, perdí laburando. La mayoría de las veces fue porque alguien me mandó en cana o porque alguien patinó, bardeó comprándose cosas de más a los poquitos días de haber laburado… y mientras tanto seguía viviendo en el mismo humilde lugar, en el mismo humilde barrio, se compraba un auto cero kilómetro o una moto… Entonces hay cosas que te mandan en cana a simple vista. Actitudes que te mandan preso, y eso me ha pasado con algunos compañeros”, dice Cacho, conocedor de los códigos para no atraer a la policía como la miel a los osos.

Cacho, ahora sociólogo, lo define de esta manera: “Es un problema cultural. Esos muchachos se encuentran de un día para el otro con, ponele, dos millones de mangos y empiezan a gastar”.

Casi un empresario automotriz

En los primeros años de la democracia recuperada –a Cacho le gusta situar las épocas según los gobiernos – con el Gordo Quique llegó a tener una suerte de concesionaria de autos robados cerca de la Panamericana, con una flota que a veces superaba los cien vehículos.

El negocio marchaba sobre ruedas hasta que los agarraron. “No era solamente que el Gordo eran un fenómeno con las yugas, con las espaditas”, dice, en referencia a las herramientas caseras para abrir vehículos. “El Gordo te hacía arrancar cualquier auto en unos segundos”, agrega.

“También teníamos toda la cadena –dice-: una línea muy buena de papeles, títulos y cédulas verdes de un registro del automotor de Lanús. Así hacíamos los mellizos. Y habíamos contactado a un muchacho que andaba muy bien dibujando los números en los chasis y en los motores en un taller de Pablo Nogués“, explica.

El capital inicial era imprescindible para poner la empresa en marcha. Con la venta de los primeros autos duplicados y lo que sacaron por dos camiones robados pusieron la agencia de autos usados.

El Gordo y Cacho eran los dueños, el resto cobraba por los servicios, en eso no se diferenciaban de la competencia. “Estaba muy bien pensado y vendíamos mucho porque dábamos muchas facilidades a los compradores. No era solamente para sacarnos rápido los autos de encima sino también para que los compradores no hicieran la transferencia en años, porque ahí sí podía saltar todo”, cuenta y pasa a explicar.

La mecánica era la siguiente: ponían los autos en venta a un precio más bajo que el del mercado y lo entregaban con un anticipo y cuotas mensuales a plazos de tres o cuatro años. Como el comprador de buena fe no podía hacer la transferencia hasta haber pagado la totalidad del auto, la falsificación quedaba protegida.

“Mientras tanto vos ibas cobrando las cuotas y los compradores andaban con el 08 y el boleto de compraventa, todo el papelerío. Nos iba tan bien que decidimos ampliar el negocio y dedicarnos también a las pequeñas embarcaciones. Enganchamos una línea en Villa La Ñata para chorear lanchas y veleritos de una guardería náutica. Así que empezamos a doblar eso también, a hacer mellizos de barcos. Llegamos a tener más de cien vehículos secuestrados, más toda la papeleta trucha”, dice.

Mientras cuenta todo esto, Cacho va dando cuenta del plato de ternerita con arroz, come despacio pero a conciencia.

La pregunta del millón

Cacho habla en voz baja, al volumen justo para ser escuchado por encima del bullicio del local solamente por sus interlocutores, sin que ninguno de los otros comensales del bodegón pueda saber de qué se habla en esa mesa. En una de las pausas del relato, Infobae le hace una pregunta que considera de cajón:

-Si les iba tan bien y habían acumulado capital suficiente, ¿no se les ocurrió nunca dejar de robar y empezar una compraventa legítima?

-No, porque sabíamos que eso iba a explotar en algún momento. No iba a durar más de un año o dos. Nosotros arrancamos con eso a fin del 83 y explotó a mediados del 86.

La “explosión” se produjo el Día del Padre de 1986. Aquel domingo, Cacho y el Gordo Quique intuían que ya estaban en la mira. Sin embargo, evaluaron que todavía tenían margen para seguir un tiempo. Seguir así, por la propia, sin arreglar, como otros ladrones, con la policía. Sabían que, a la larga, eso podía ser peor. Arreglar con la policía era firmar su propio certificado de defunción de manera anticipada.

“Ya habíamos tenido un par de problemas con el Gordo Naldi”, cuenta. Mario Naldialias Ñoño, alias el Gordo, fue un comisario emblemático de la llamada Maldita Policía, en los noventas. En esa época, estaba a cargo de la División Automotores.

Por ese tiempo habían empezado a mezclarse mucho algunas bandas de ladrones con la policía. Trabajaban con el sistema de zona liberada y compartían las ganancias. A nosotros, como a la mayoría de las personas que estaban en el tema, nos pasó alguna vez que perdimos en un hecho, llevándonos un auto, y entonces arreglamos para no quedar presos, una guita, lo que se juntara, para que la cana nos dejara ir”, dice Cacho.

“Eso es una cosa –aclara- y lo otro es pagar para ir a laburar en esa zona, ¿me explico? De hecho, eso constituye una sociedad con la policía, para empezar. Pero, para continuar, te convierte en una figurita conocida que mañana no les servís más y necesitan llenar la estadística. Entonces vas adentro o te matan. Por eso nosotros nunca trabajamos con la policía”.

Un error que costó caro

Los detectaron por un error que, dice ahora, un ladrón nunca debe cometer: caer en la rutina. Por entonces, además de los autos y las lanchas, algunas madrugadas salían a robar camiones.

“En aquellos tiempos no había una gran cantidad de gente laburando en la piratería del asfalto. Nos conocíamos casi todos. De hecho, nos juntábamos a comer a mediodía en una parrilla que queda en la Avenida Márquez, entre Suárez y Boulogne, una parrilla famosa. Cuando vos hace piratería del asfalto salís a trabajar a las tres o cuatro de la mañana…, a robar los camiones”, dice.

“A las 11 de la mañana ya laburaste, ya entregaste la mercadería y, casi seguro, ya cobraste. Entonces no tenés más nada que hacer y te vas a comer. La mayoría nos cruzábamos a la parrilla, pero como siempre pasa cuando esas cosas se hacen costumbre, alguno habla, el otro comenta y la policía se entera. Y también la policía empieza a ir a comer ahí disfrazada de lo que sea”, explica.

“Entonces empezaron a hacer un seguimiento sobre nosotros… y un poco porque nos dimos cuenta y otro poco porque alguien nos comentó, se empezaron a notar presencias raras alrededor de la agencia, con lo cual ese domingo decidimos ir a sacar todos los papeles, llevarlos a otro lado o quemarlos. No podíamos mover cincuenta autos de golpe por más domingo que fuera. Y nos cayeron cuando estábamos sacando las cosas”, finaliza, con un gesto que parece evocar la posibilidad de dar marcha atrás la historia y no volver a la cárcel.

A pesar de la cantidad de autos doblados que tenían, cuando los condenaron la sacaron barata. Eran cuidadosos: en la agencia no había armas y ninguno de los autos había sido robado “de caño” sino con la espada. Además, nadie podía identificarlos como los autores de los robos.

Los acusaron de encubrimiento de hurto, estafa y falsificación de documentos del automotor. “Al Gordo Quique le dieron 6 años, pero nunca volvió a ver la calle, porque murió en el 91 la enfermería de la Cárcel de Caseros”, cuenta con pesar. Cacho fue condenado a 6 años y seis meses, un extra pequeño por los antecedentes.

Lo pasearon por varias cárceles federales hasta que se fugó de la Unidad 12 de Viedma, una colonia penitenciaria para presos de baja peligrosidad.

Parece sorprendente, pero escapó cuando le faltaba poco para cumplir la condena. “Me fui por la chanchería”, recuerda. Sólo tuvo que saltar un alambre y no despertar sospechas como para poder hacer los mil kilómetros que lo separaban de Buenos Aires.

“En esa época todavía estaba en condiciones de gozar de libertad condicional, pero no la esperé porque el Gordo y yo teníamos una causa en Rosario por el robo de un camión, que estaba dormida porque habíamos pagado para que no la movieran en el Juzgado, pero al momento de tramitar la libertad condicional iba a saltar porque ahí se iban a pedir informes a todos los juzgados del país. Entonces me escapé”, explica.

De esa estadía en el sur, en plena época de la hiperinflación alfonsinista, le queda el recuerdo del hambre.

“La comida, las provisiones para cocinar, de todas las cárceles federales del país venía desde Buenos Aires. Con la crisis dejaron de recibir los suministros, pero algo había que comer. Entonces salían los penitenciarios en una camioneta a cazar guanacos y ñandúes con los FAL, para poder meter algo en la olla. Me acuerdo de una vez que la Prefectura decomisó toda la mercadería de un pesquero chino o japonés que estaba pesando ilegalmente. Toneladas de pescado. Lo repartieron por los comedores escolares, los hospitales y la cárcel. Ya ni podíamos ver el pescado. Pero el hambre era terrible. Los bichos ni se acercaban a dónde estábamos. Hasta gato tuvimos que comer“, recuerda.

Al asalto de las financieras truchas

Antes y después de su etapa como “agenciero” de autos mellizos, Rodolfo Rodríguez se dedicó a asaltar cuevas financieras en el microcentro porteño.

Ese fue su rubro, “durante la dictadura y después en el menemismo”, precisa, en su afán de fijar las fechas según los gobiernos. Dice que había para elegir dónde robar, porque en cada edificio había tres o cuatro mesas de dinero. En algunos casos hasta diez. Lo dice sin afán de desviar la charla hacia la plata dulce, la corrupción o la Patria financiera. Sin embargo, las referencias son inevitables.

“No digo que fueran laburos fáciles, porque podían ser muy peligrosos, pero por otro lado en el microcentro era muy fácil mimetizarse y la seguridad de las cuevas era bastante floja, trucha como las financieras mismas. La mayoría laburaba o con acuerdo del comisario de la Primera”.

Cacho se refiere a la comisaría que está en Lavalle 451 y de la cual, durante muchos años, se afirmaba que resultaba “la más cara para licitar”. Claro, dando por sentado que hay quienes invierten para regentear una sede policial. Cacho dice que “incluso, algunas cuevas eran propiedad de taqueros. Pero aun así no podían tener equipos de gente cuidando, dedicados oficialmente a eso”.

Robar en el microcentro tenía una clave: actuar con rapidez. La velocidad con que lograran dominar a la gente y juntar la plata era decisiva. Más de una vez robaron disfrazados de agentes.

“Uno o dos íbamos con uniforme policial y otro vestía con un traje bueno, elegante. Así entrábamos con toda facilidad. En esos años no había celulares con los que pudieran dar aviso a la cana y entonces lo principal era cortarles las comunicaciones. En todas las cuevas había un lugar con una mesa grande y muchos teléfonos, desde donde los tipos de comunicaban con los bancos y la Bolsa, escolaceando con las acciones, el dólar, el yen y la puta que lo parió. A esos había que neutralizarlos de entrada porque si alguno alcanzaba a decir ‘¡nos están robando!’ había que rajar rápido, sin nada, porque a los tres minutos tenías a la policía ahí. Una vez que controlabas eso, juntabas todo lo que podías y te ibas”, explica siempre con un tono de voz que no llame la atención de las mesas vecinas.

Sin embargo, la vuelta de Cacho a la cárcel no fue por asaltar cuevas sino por ayudar a un preso que recién había salido en libertad. El tipo estaba en la mala y quería un arma para salir a robar.

Cacho lo citó una tarde en el Parque Lezama para tener todo controlado. Por entonces vivía en Defensa entre Brasil y Caseros, en un piso alto, y desde el balcón podía ver todo el parque. Antes de bajar, confirmó que el hombre estaba sentado solo en un banco y que no había moros en la costa. Bajó con un bolsito donde le llevaba una pistola, algo de dinero y las llaves de un auto robado para que pudiera moverse.

La entrega la hizo sin problemas, pero lo que Cacho no supo en ese momento fue que la mujer del ex preso estaba sentada también en el parque, en otro banco, y que lo vio venir.

“Él fue a trabajar y perdió –dice-, cayó preso en el acto y la mujer, suponiendo que lo iba a ayudar en su situación procesal, me entregó a mí. Me vinieron a reventar la casa y ahí quedé en cana. En el allanamiento me encontraron unas pistolas que yo tenía y me dieron tres años por la cabeza“, resume.

“Hay que abolir las cárceles”

Entre 1991 y 2001, Rodolfo Cacho Rodríguez pasó ocho años completos en la cárcel. Estuvo en Devoto, en Rawson, en Neuquén y finalmente lo devolvieron a Devoto. Ahí estudió en el Centro Universitario y se recibió de Sociólogo.

“Me encontré con una condena grande, sin posibilidades de salir y entonces me puse a estudiar, aunque fuera para poder salir un día y rajarme. O que me rebajaran la condena por haber estudiado”, justifica.

Penal provincial de Chubut

Penal provincial de Chubut

El plato que contenía la ternerita con arroz está vacío sobre la mesa y el bodegón ha ido quedando también vacío. Son más de las tres de la tarde y Cacho habla de sus estudios sin afán de meritocracia o de mostrarlos como parte de un supuesto proceso de rehabilitación. Todo lo contrario.

“Yo les cuento que robábamos camiones, que robábamos financieras, que no sé qué mierda, lo cierto es que de todas las cosas que yo hice, ninguna de ellas me hizo feliz en el sentido de alguna realización como ser humano. Por el contrario, estaba transitando la vida en un sentido en el cual la cárcel era un componente más de ese recorrido. No podía ser de otra manera. Ahora, lo que sé es que de no haber existido la cárcel como modo de castigo, probablemente yo estaría un poco más integrado mentalmente. Para decirlo más claro: no estaría tan desintegrado. A mí la cárcel llegó a desintegrarme, a profundizar un proceso en el que yo ya venía. La cárcel no rehabilita sino que te destruye todavía más“, explica.

Con los ojos fijos en el plato vacío dice que no les cree a los ex presos que dicen haberse recibido de abogados o de cualquier otra cosa gracias a la cárcel, o que estar presos los hizo más solidarios, menos individualistas.

También dice que, al menos en su caso, lo que consiguió estando preso lo hizo peleando contra la cárcel, a pesar de la cárcel. Que lo que hay que hacer es cerrar todas las cárceles, abolirlas.

-¿Y qué se hace con los delincuentes, entonces?, le pregunta Infobae.

-Hay que encontrar otras maneras de resolver los conflictos, sin destruir más a las personas. La mayoría de las personas están presas por delitos que son excarcelables. Sin embargo la política sobre las excarcelaciones es cada vez más ajustada y las preventivas son terribles. Te bajan las preventivas por las dudas. Y mientras tanto la cárcel te va destruyendo. Tiene que haber alternativas que no sean encerrar a las personas. Una vez que estuviste preso, además, quedás marcado para toda a vida.

-¿Por qué?

-Con los antecedentes, por más que estudies en la cárcel o que salgas con un oficio, no conseguís trabajo, estás al margen de la sociedad. En este contexto, cuando salís, salís a matar o morir. No querés caer nunca más porque sabés que no vas a tener salidas transitorias, nada.

Cacho Rodríguez pasó 22 años en la cárcel. Y su última frase, metálica, suena como las balas en un tiroteo.

-Sabés que es muy probable que si pueden te maten por la espalda. Entonces matás vos… si total ya estás muerto antes de salir.

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