Amores, fama y desengaños: los secretos del libro sobre la vida de Sandro que inspiró la miniserie de Telefe

La periodista Graciela Guiñazú escribió “Sandro de América”, la única biografía autorizada de Roberto Sánchez, que en unos meses será llevada a la televisión. Aquí, algunos tramos imperdibles de la publicación

Me he llevado mal con Sandro hasta que lo comprendí, porque a veces yo quería ser Roberto y Sandro no me dejaba, pero, después de tanto tiempo, ahora nos llevamos bien.

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Esta confesión de Roberto Sánchez -o Sandro, según el caso- es apenas una de las tantas que el vecino de Banfield -o que el gran ídolo argentino- le acercó a Graciela Guiñazú a lo largo de una serie de entrevistas íntimas que derivaron en una biografía: Sandro de América, publicada por Editorial Planeta.

Bajo la dirección de Adrián Caetano (Un gallo para esculapio), Telefe decidió adaptar el libro y convertirlo en una miniserie de trece capítulos que contarán la vida completa del Gitano. Desde cuando se lanzó con Los del Fuego, pasando por su consagración artística hasta los últimos tramos de su vida. Con un elenco realmente estelar, desde Antonio Grimau a Lali Espósito, pasando por Isabel MacedoCalu RiveroJuana Viale y Eugenia La China Suárez, entre otros, se estrenará en 2018.

Pero antes, como para calmar la ansiedad, nada mejor que repasar algunos fragmentos de su biografía, allí donde se narran aspectos desconocidos de Sandro. Y también, de Roberto Sánchez.

El nombre detrás del ídolo
Se llamó Roberto por un capricho del Registro Civil, y Sánchez, por ese imprevisto cambio de apellido con el que se sometía a muchos inmigrantes. Pero si el asunto hubiera sido como lo pensaron sus padres estaríamos hablando, en realidad, del gitano Sándro Papadópolus. Aclaro, por si hace falta, que la pronunciación correcta del nombre en su lengua de origen es “Sandro”. De modo que desde su primer berrinche en la Maternidad Sardá, en Parque de los Patricios, estuvo marcado por esta doble personalidad para preservarse de la invasión que significó la fama.

Su fe
Roberto creía en Dios, era católico, templario y masón, ente tantas otras cosas.

Las nenas I
Sandro le rehuía al fanatismo, en cualquier de sus acepciones.

Había padecido en persona los arrebatos de los 70. Cómo habían intentando invadir sus lugares privados: en 1978 una fan se abrazó con todo su cuerpo al capot de su auto cuando entraba al garaje del Teatro Ópera; en 1979, en los Carnavales de Vélez, otra se metió en la carpa-camarín donde se estaba cambiando; más de una se llevó como souvenir un mechón de su cabello o del pelo de su pecho arrancados con vehemencia; muchas lo besaron con lujuria en la boca, o donde podían.
Él desalentaba a las fanáticas acerca de esas prácticas, pero si no lograba hacerlas recapacitar las desterraba del mundo Sandro con su indiferencia.

Las nenas II
—Entre las cosas que me tiraban (las fanáticas) había anillos, cadenitas, “los aritos de la nena” y te imaginás que yo no podía ponerme encima todo eso. Así que fundí ese oro y me hice esta pulsera, la funda del encendedor y la cigarrera que usé desde 1964 hasta que dejé de fumar y ahora está guardada. Por eso, llevo conmigo la pulsera de oro que, en definitiva, es de mis fans que están presentes, cerca mío, en la mano izquierda, la del corazón”.
—¿Es cierto que leés todas las cartas y algunas las respondés?
—Sí (…). A algunas fans las llamo por teléfono para su cumpleaños, cuando así me lo piden.
—¿Cómo reacciona esa mujer cuando levanta el teléfono y escucha tu voz?
—A veces no me creen que soy yo. Por ahí tengo que ponerme a cantar o responder preguntas raras de mi  vida para demostrarles que de verdad soy Sandro.

Olga Garaventa
El 4 de marzo de 2004 al saludar a María Olga Garaventa (en aquel momento su secretaria y también la de su representante), en la puerta de su castillo de la avenida Pavón, en Boedo, sintió un temblor que le recorrió el cuerpo, y los latidos acelerados de su corazón.

Sandro y Olga, en distintas etapas; en la miniserie, Agustin Sullivan y Antonio Grimau interpretan al músico, mientras que Muriel Santa Ana se adaptó para ponerse en la piel de Garaventa, tanto en la juventud como en su edad madura

Sandro y Olga, en distintas etapas; en la miniserie, Agustin Sullivan y Antonio Grimau interpretan al músico, mientras que Muriel Santa Ana se adaptó para ponerse en la piel de Garaventa, tanto en la juventud como en su edad madura

La conocía desde hacía diez años pero nunca la había visto como aquella tarde. Nunca la había mirado con esos ojos (…).
Han pasado menos de cinco minutos, pero para Roberto ha pasado una vida (…).
Marca ‘redial’ en su celular. El teléfono suena, suena y suena. Corta e insiste hasta que escucha la voz de la mujer que acaba de despertarlo. Le dice, bajito, para que no escuche Aresi:
—Tengo un beso encadenado entre tus labios y la llave de ese beso está en tu boca.
—Bueno,  muchas gracias. Éxitos, otra vez, suerte —le contesta ella y ¡le corta!
—¡¿Me cortó?! No puede ser —piensa y vuelve a marcar ‘redial’. Su celular se apaga, se olvidó de cargar la batería. Uf. Le pide a Aresi el suyo y marca el teléfono del castillo.
—Eso fue para vos, Olga.
—Bueno, muchas gracias, pero la verdad es que no sé qué decirte…
¡Y le vuelve a cortar!
Olga pensó que Roberto se había equivocado, que había querido llamar a su casa y que la llamó a ella por error (…).
En realidad, cuando lo pensó en frío valoró esa reacción de Olga, no había reaccionado como cualquier mujer reaccionaría frente a Sandro, sino que lo trató como al hijo del vecino. Sin embargo, en ese momento no lo razonó así y del disgusto se enfermó.

Sandro y Olga

Sandro y Olga

Su primer beso

Roberto vivía enamorado. Solo o en pareja, estaba enamorado de la vida y el “amarte así” era para él un estado sublime. Y en esa percepción tan a flor de piel más de una vez lloró por el querer de una mujer. No es error de tipeo: el ardiente seductor no siempre fue correspondido. Como todos, sufría por amor… lloraba por amor… gozaba por amor… (…).

Sandro

Sandro

A los 10 años dio su primer beso, y no fue robado. La nena tenía 8 años y vivía al lado del conventillo. Robertito le mandaba cartas y ella las respondía, hasta que se besaron en los labios, a unas cuadras de sus casas, en el fondo de la Parroquía San Juan Bautista. El breve noviazgo incluyó promesas de amor. Igual no se lo contó a nadie, porque no le gustaba cómo sus amigos del Bar Pancho “incineraban” a sus conquistas: “El que tiene no muestra y el que ve, calla”. A la larga, una de sus reglas de oro.

La primera vez
—¡Estar con una mina a los 10 años es muy duro! ¡Toda una mina en bolas, para vos solo, sin saber cómo empezar!

—¡No me digas que debutaste a los 10 años!
—¡¿Debuté?! ¡Fue un simulacro! ¡Los nervios que tenía! ¿Sabés lo que es eso? ¡No sabía cómo empezar! Fue muy lindo. Éramos como quince en una obra en construcción.
—Y saliste haciendo pinta…
—¡Mentira! Nada. De los nervios… No pude hacer nada…
(Reportaje realizado por Pinky, en el otoño de 1994 en Punta del Este).

Los amores anónimos
Su primera novia fue María Rosa. Añoró esa relación durante años, tanto que en 1967 volvió al barrio para buscarla. Supo que estaba casada y que tenía dos hijos, la vio pero no se atrevió a hablarle (…).
Cuenta la leyenda en Alsina que por otra mujer, casada y con un hijo, tuvo que teñirse el cabello de rubio y ausentarse por unos días del conventillo y del Bar Pancho… según los transmisores del relato, el marido lo andaba buscando… Y que cuando miraba a una mujer que le gustaba, pregunta: “¿Cómo se llama ese problema?”.

Agustín Sullivan como un Sandro jovencísimo, y Calu Rivero en el rol de su primera novia, en la serie de Telefe

Agustín Sullivan como un Sandro jovencísimo, y Calu Rivero en el rol de su primera novia, en la serie de Telefe

En el invierno de 1965, confesó a la revista “Nuevaolandia” que se había enamorado de una joven manicura a quien había conocido en un baile de Liniers. A los tres meses de noviazgo, aceptaron posar acaramelados por los bosques de Palermo y mimándose en el descapotable blanco de Sandro. Alicia “era rubia, gordita, con cara sonriente de muñeca, sencilla, callada, trabajadora y apasionada” (así la describía la nota). Planeaban casarse en diciembre y partir de luna de miel a Europa, el problema fue que los padres no aprobaron ni al novio ni “a los confites” anunciados en la prensa.

Una separación… particular
Julia (Visciani) era una mujer muy hermosa. Con un gran sex appeal y personalidad.
Le llevaba casi dieciocho años, estaba separada (o en vías de separación) y tenía otro hijo (…).
Se separaron  en diciembre de 1981, tras doce años de amor (…).
En 1981, en Argentina, no existía la Ley de Divorcio. Y tampoco estaba contemplada jurídicamente la división de bienes por concubinato. Roberto le cedió un automóvil Taunus, le compró un departamento de dos ambientes y le dio dinero. “El contrato es jocoso -me aclaró uno de los abogados que intervino en su redacción- porque hay cosas muy específicas que ella quería que figuraran: ‘Yo quiero llevarme de Banfield la sartén con mango donde hacía los huevos… Y quiero tal silla…’. Como se trataba de un acuerdo de partes, no hacía falta que figuren ciertas cosas, pero ella insistió en que la cacerola estuviera escrita en el contrato.

La paternidad frustrada
—¿Te gustaría tener un hijo?

—¡La pucha si me gustaría! Hasta le tengo el nombre ya. Se va a llamar Gerónimo. Con esta cara de indio que tiene el padre, ¿cómo querés que se llame? Casi le escribo un tema una vez. Pero pasó lo mismo que cuando quise escribirle un tema a mi vieja: tuve miedo de que las palabras quedaran demasiado chicas y no escribí nada.
(Reportaje de Víctor Sueiro, para la revista Gente).

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