La tragedia del Squalus: así fue el primer rescate de la tripulación de un submarino hundido en el fondo del mar

Fue en 1939 y la primera vez en la historia que un operativo logró salvar a los sobrevivientes de una tragedia submarina. Con la cápsula McCann, la misma que envió la marina de los Estados Unidos para el rescate del ARA San Juan, se pudo salvar a 33 hombres -hacinados y ya sin oxígeno- de una muerte segura

En la mañana del 23 de mayo de 1939, mañana soleada y de mar calmo en el puerto de Porthmouth, Estados Unidos, el ultramoderno submarino SS-192 Squalus zarpa para un nuevo viaje de ejercicios. Con 51 marinos, 5 oficiales y 3 inspectores civiles ya había realizado diecisiete inmersiones con éxito. Nada hace prever la tragedia.

La prueba es casi de rutina: en 60 segundos debía realizar una inmersión de emergencia hasta una cota de 30 metros a una velocidad de 16 nudos. A las 8.30 en punto llega a la zona marcada para comenzar el ejercicio. A las 8.45 comunica a la base que, sin novedades, iniciaba la maniobra. El comandante Oliver F. Naquin informa la posición del submarino como marcaba el protocolo. Todo marcha bien.

Con todas las luces del panel en verde, ordena el descenso. Impulsado por los motores eléctricos alcanza los 15 metros de profundidad en segundos. El segundo comandante, satisfecho, dispone recuperar la posición de la nave a la cota de periscopio.

Cuando el Squalus empieza a nivelarse, llega el grito: “¡Inundación en la sala de motores!”. Y suena la alarma. El agua irrumpe con furia y fuerza en la sala de torpedos. Ninguna de las luces habían marcado que alguna escotilla podía estar abierta, pero el agua inunda la parte posterior del submarino y arrastra la nave hacia las profundidades del mar.

El agua anega en minutos los compartimentos traseros. Los marinos buscan salvarse y corren hacia la sala de control, allí donde el agua no puede llegar, donde cerrando las compuertas pueden evitar una muerte segura. Son 32 hombres que se mueven rápido por un estrecho pasillo. Pero el agua no perdona: si no se cierran las escotilla y se aísla la zona, todos los tripulantes morirán. El capitán, dice la historia, toma la decisión más difícil de su vida: ordena cerrar las puertas estancas. Sólo 5 hombres llegan antes de que la escotilla se selle.

La situación se agrava, el riesgo de la explosión de las baterías en contacto con el agua es demasiado alto. El electricista jefe corta la energía. Un cortocircuito había provocado segundos antes un incendio a proa. El buque queda a oscuras y se apagan los interruptores para impedir que las llamas se propaguen a otros sectores.

El Squalus toca fondo. A 74 metros de la superficie, sin calefacción -con una temperatura de menos 1 ° C-, a oscuras, los sobrevivientes saben que nunca nadie fue rescatado desde esa profundidad.

Alguien sugiere el “escape libre”, una técnica por la cual los hombres salen de la nave y nadan hasta la superficie controlando la forma de exhalar el oxígeno. El capitán no autoriza la evacuación: la profundidad y la temperatura del agua la hacen extremadamente peligrosa. Sabe que muchos morirán en el intento.

“Vamos a esperar el rescate”, dice el comandante. El experimentado marino entiende que habla de un rescate que nunca se hizo antes en la historia, un rescate incierto, pero que es la única esperanza. Nadie sabe cuánto van a tardar en buscarlos, ni siquiera si podrán hacerlo. Naquin ordena economizar oxígeno: todos los tripulantes deben tenderse en las literas, quietos, en reposo. Antes lanzan la baliza de señalización y varias bengalas. Solo queda esperar.

En la base, la falta de noticias del Squalus enciende todas las alertas. Movilizan al submarino gemelo Sculpinpara que vaya en búsqueda del sumergible desaparecido. El buque llega a la zona y, a través de la baliza intenta una comunicación telefónica con el Squalus que falla.

La cáspula Momsen-McCann

La historia sobre rescates de submarinos no es alentadora. ¿Cómo salvarlos de ese desastre? ¿Cómo sacarlos vivos del lecho marino? La respuesta la tiene el teniente Charles “Sweden” Momsen, quien catorce años antes del hundimiento del Squalus había vivido la angustia de no poder salvar a todos los tripulantes de un submarino siniestrado. Así como había creado el “Momsen lung” (pulmón Momsen) – una bolsa de caucho que contenía sustancias químicas que permitían reciclar el aire y realizar el escape desde grandes profundidades y por la cual había sido condecorado- había pensado que tenía que existir otra forma de sacar a los marinos del fondo del océano sin someterlos a las bajas temperaturas y la despresurización, que muchos no resistían.

Charles Momsen frente a la campana subacuática que diseñó para salvar las vidas de los tripulantes de los submarinos siniestrados

Ideó, entonces, una campana o cápsula que se podía bajar desde la superficie y fijarse en la escotilla de escape del sumergible para rescatar a los tripulantes. Mandó sus diseños a la Oficina de Construcción y Reparación de submarinos. El proyecto fue aprobado. Entre 1937 y 1939 realizó varias pruebas a distintas profundidades con su campana subacuática, que fue fue modificada por el capitán de corbeta Allan Rockwell McCann.

Frente a la tragedia del Squalus, los altos mandos mandan a llamar a Momsen. Y en el buque USS Falcon lleva la cámara de rescate Momsen-McCann. Van a sumergirla, acoplarla al submarino y evacuar a los sobrevivientes. Pero hay un detalle dramático: la campana jamás había sido probada en un siniestro real.

No tienen otra opción que intentarlo. Los marinos localizan la posición exacta del sumergible, y los buzos se sumergen arrastrando el cable hasta unos pocos metros de la escotilla de emergencia de la nave hundida. En aquella época, los 74 metros de profundidad eran el límite para la tecnología de inmersión.

El diseño de aquella época de cómo funcionaba la cámara de rescate

La “operación rescate” había comenzado: dos marineros controlan en el interior de la cápsula los mecanismos de apertura y cierre. La cápsula, como un gigante dormido, desciende hasta tocar el Squalus. Se abre la escotilla y siete tripulantes ingresan a ese cilindro de hierro que es su única salvación. Despacio, el cable empieza a subirlos. Hay tensión a bordo. Si algo falla, todos mueren. El ascenso en lento, pero los hombres, extenuados finalmente llegan a bordo. Al cabo de dos horas se vuelve a bajar la campana. Tres viajes se hacen con éxito. Pero en el cuarto, el cable se enreda. Los nueve marino dentro de la cápsula ya llevan 36 horas en las profundidades y el cansancio los vence, pero la campana no sube ni baja, está atrapada entre los tirantes de metal.

Momsen, desesperado, ordena que un buzo corte el cable mayor. Van a intentar izarla solo con el cable conectado a la parte superior de la campana. Pero el peso es excesivo y el cable comienza a ceder. El capitán da la orden: “Desciendan la cámara”. Durante cuatro horas los marinos a bordo trabajan sin descanso para salvar a los tripulantes atrapados. En la cápsula los marinos esperan aún más hacinados que en las horas de confinamiento en el Squalus, soportan y se dan ánimos: quieren salir vivos de ese infierno subacuático.

El rescate de los 33 hombres que sobrevivieron a la tragedia del Squalus

“Vamos a subirla a mano”, propone Momsen. Toda la tripulación del Falcon, con extremo cuidado y coordinación, toma el debilitado cable y tira. El cable tirita, no parece soportar el peso del equipo. Entonces vacían del agua los tanques de lastre de la cámara: hay que quitarle peso, la maroma no puede cortarse, saben que si eso sucede todos los hombres en su interior morirán. Tiran, transpiran, luchan sin descanso. Cerca de la medianoche del 25, la cápsula surge de las profundidades. “Nos salvo la disciplina”, dicen los marinos una vez a salvo. Solo 33 hombres sobreviven a la tragedia.

El submarino luego fue sacado a flote

Este fue el primer rescate exitoso de la historia. Un rescate que fue calificado de “milagro”, porque en ese entonces pocos salían vivos de lecho marino. La cápsula McCann que salvó esas 33 vidas en 1939 es la misma que, renovada, trajo la armada norteamericana al Atlántico Sur para trabajar en el rescate de los 44 hombres del ARA San Juan. Un país -y el mundo entero- espera que se repita el milagro.

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