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«Imagine»: un himno global que cumple 50 años

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* por Cristian Vitale

Para los melómanos de la cronología, Imagine no solo se publicó hace cincuenta años. También vio la luz en momentos de una elocuente equidistancia temporal en la vida discográfica de John Lennon, su artífice. Aquel 9 de setiembre de 1971 quedaba –casi- justo a nueve años de las caóticas y fogosas presentaciones en el Star Club de Hamburgo, registradas por Ted “Kingsize” Taylor en un grabador monoaural, y publicadas en un disco doble quince años después. Y a la misma cantidad de tiempo -pero en reversa- de su último disco en vida: el irregular Double Fantasy, horneado a dúo con Yoko Ono. No es capricho la orientación temporal. No lo es, porque aquel disco impresionante podría tomarse como un mojón arriado por el dios Cronos para comprender, aunque sea un poquito mejor, las tremendas contradicciones, fugas y giros extraños que signaron la vida del genial John durante aquellos “apenas” dieciocho años. Incluso puede arriesgarse que hubo un antes y un después de Imagine. Un AI y un DI, para ser prácticos.

En el AI (1962-1971) cabe casi todo. O al menos pareciera. Todo The Beatles, claro. Pero además el quiebre romántico, radical, que implicó la llegada de Yoko a la vida de Lennon y la aparición de ciertas situaciones traumáticas que generarían, entre otras cosas, la ruptura de la banda británica en abril de 1970. El AI, más allá del período Beatle, es la etapa de la edición del que para el mismo John fue el mejor disco de su vida, el de la Plastic Ono Band. De la cama por la paz en el Hotel de Ámsterdam, que arremolinó a todo Occidente. Del atrevido ruidismo de los dos Unfinished Music. Del Wedding Album. Del par de embarazos de Ono que no procedieron. De Bed Peace, el documental de la segunda encamada, que cobijó otro himno de la era –“Give peace a chance”- y el “Instant Karma” tema que pegaba duro contra la idea de estrella del rock, o algo así: “El karma instantáneo te va a atrapar / Te va a golpear directo en la cabeza / Más vale que te recompongas / Pronto estarás muerto”, cantaba John.

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Toda una revolución de la paz y la libertad que al cabo contrastaba –una recurrencia en el mundo Lennon- con la vida marital hacia dentro en la mansión rural de Tittenhurst Park. Allí donde precisamente se gestó una idea que iba a profundizar aquellas contradicciones, para extirparlas o para al menos convivir mejor con ellas: la terapia del primal scream con el psicólogo Arthur Janov. El niño Lennon iba a ser revisitado entonces durante cuatro meses nodales para la vida del John adulto. La terapia duró un tiempo en Londres, y otro en Los Ángeles, donde Janov tenía su Instituto. Flor de quiebre resultó. Al retorno, fue lo de su mejor disco y lo de esos clásicos que se clavarían en el imaginario musical del mundo como dardos venenosos de belleza… Que “Working class hero”, censurada por la BBC por repetir la palabra fucking. Que las catárticas “Mother” y “My Mummy’s Dead”. Que la hermosa “Look at me”. Que el sueño terminado de “God”… En fin, parecía que casi todo lo mejor –y lo peor- del mundo Lennon estaba pasando, aunque el tipo rozara los treinta años.

Y justo en ese instant-quiebre apareció Imagine, casi un año cero en este devenir. Un parteaguas. Un punto de inflexión. Un hito útil para comprender mejor una vida que necesita ser dividida para encontrar su unidad. Tal, por caso, sería el disco más vendido y popular de su vida. Tal el del tema epónimo que incluye una de las frases más inocentes que se sepan del John post Beatles (“Pueden llamarse soñador / pero no soy el único”). Pero tal, también, el que en una misma canción se carga claroscuros solo posibles en quien escribe a corazón abierto, con la sangre caliente y las contradicciones a flor de piel. ¿Qué implica eso, sino, de embestir contra la religión y la propiedad privada?, ¿O aquello otro de recuperar antiguas inquietudes existenciales como las de “Nowhere Man” –otro parteaguas si los hubo- en la idea de compartir el mundo sin fronteras?

Fue “Imagine”, en cuya composición se cuela como influencia directa Grapefruit -libro de poesías escrito por la artista nipona- una balada al piano en Do mayor embarcada en una utopía de corte rousseauneana, medio anarca, caprichosamente internacionalista, y ciertamente contradictoria si se sopesa el buen sueño de abolir la propiedad privada con la mansión que habitaba la pareja en Ascot, y las poderosas regalías capitalistas que generaba en ella la industria de la música. Una agria distancia que el mismo John –tal vez consciente de ello- intentó salvar bajo el concepto de “buen socialismo británico”, pero que no evitó visiones contrapuestas en críticos y colegas. Entre ellas, la pregunta que se hace Elvis Costello en «The other side of summer» -“¿No era un millonario el que nos había hecho imaginar un mundo sin posesiones?”- hasta la del bueno de Ringo Starr, que quiso salvar a su ex compañero de banda aclarando que solo hablaba de imaginar.

Grabado seis meses después de John Lennon/Plastic Ono Band, publicado el mismo mes en que la pareja emprendió el viaje a Nueva York -pese a las trabas de Richard Nixon y los suyos- y tocado por el viejo camarada George Harrison en guitarra; Alan White o Jim Gordon –depende el tema-, en batería; Klaus Voorman al bajo; y Nicky Hopkins en piano, Imagine –el disco- implicó una especie de tranquilidad después de la tormenta, tras la catarsis primal del disco con la Plastic Ono Band.

Además de la calma hippie del tema epónimo, esa impronta se inscribe en una de las canciones más bellas del siglo XX como fue, es y será “Jealous Guy”. Aunque desde otros costales, también en una rémora rocanrolera de nombre “It’s so hard”, que seguramente despertó en John las ganas borrachas de grabar el disco Rock and roll dos años después. En las ondas country de “Crippled Inside”; y en la canción “Oh! Yoko!”, tan festiva como para levantarle el ánimo a la japonesa, que no solo no había podido recuperar su hija Kyoko en Mallorca, sino que su ex Anthony Cox le había clavado una denuncia por intento de rapto.

También había sido ella el blanco de “Well (Baby Please Dont´Go)”, un tema de fines de la década del cincuenta que la pareja había cantado en vivo, en aquella famosa zapada con Frank Zappa y sus madres de la invención en el Filmore East. Pero esta canción quedó finalmente afuera porque John no había quedado conforme con dos aristas que sí le habían gustado en la rabiosa “Cold Turkey”: la voz áspera, de lobo aullando, y la distorsión lacerante de las guitarras. La cinta de “Well…” sería desclasificada recién veintisiete años después para ser incluida en The John Lennon Antology, la caja de cuatro discos y noventa y cuatro temas, producida por Rob Stevens y la misma Yoko, que de esa época contendría además la tremenda versión en vivo de “Imagine” que hizo llorar a viudas e hijos de las víctimas de las revueltas de la prisión de Attica, durante un concierto dedicado a ellos en el Apollo de Nueva York.

Menos austero que su antecesor, Imagine gozó además de una instrumentación abundante, y una tendencia a la acción directa que no solo se expresa en otro alegato pacifista llamado “I don’t want to be a soldier”, sino también en la burla contra Paul. Es el caso de “How do you sleep?”, el del famoso “lo único que hiciste fue ‘Yesterday’ con Harrison a la guitarra –dato nada menor- y la foto de Lennon tomando un cerdo por las orejas, en obvia burla a Ram, disco contemporáneo de su ex compañero. Canciones rudas, al cabo, que mezcladas con canciones más bucólicas –agregar aquí “Oh My Love”- dan el Lennon controvertido de siempre.

El del AI, y el del DI, porque –se retoma- Imagine implicó el fin de una era, y el comienzo de otra tal vea más rara, llena de giros mágicos y misteriosos.

Cierto es que Yoko intentó cerrar con moño la época en que la pareja vivió en Estados Unidos hasta el asesinato de John como un momento ideal, calmo, de entrecasa, en que su amado se dedicaba a hornear pan, y educar al niño Sean, mientras ella se encargaba de los negocios de Apple. Bastante lejos de aquella novela del John post Imagine, el posible lado B –o A- de la historia fue que el primal scream hizo efecto, sí, pero hasta ahí. O de otra manera. Según la polémica biografía sobre Lennon publicada por Geoffrey Giuliano, además de hacer el pan y cantarle canciones de cuna a Sean, John agredía físicamente a Yoko cuando las palabras no alcanzaban a dirimir conflictos internos. E incluso habría intentado ahorcar a su declarada amante May Peng, en un arrebato de furia no muy distinto al que le agarró cuando le dio por cascar duro y parejo al DJ Bob Wooler, en 1962. O repartir piñas a troche y moche contra Pete Best, Paul, y varios de sus amigos mientras velaban a su madre Julia.

Ambos mundos internos convivieron entonces, como siempre, como antes y después de Imagine. El John irascible, extremo, tan adicto a las drogas y el alcohol como al trabajo, y violento, con el pacífico, creativo, siempre a punto de volver a empezar…. y volver a su origen.

Y así. Porque así son los genios.

diario21

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